lunes 2 de noviembre de 2009

Viajes con Heródoto. Homenaje a la otredad

Hay veces en las que el lector y su libro tienen la suerte de encontrarse en el momento perfecto. Antes de partir para Canadá comencé a leer Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski, y desde el principio supe que había sido un acierto, no sólo por su calidad, sino por lo que me podría aportar antes del gran viaje que me esperaba. El reconocido corresponsal polaco relata en su libro sus primeras experiencias como reportero en el extranjero, comenzando por India, pasando por China y finalizando en su querida África. Cuenta que lo que más deseaba era cruzar la frontera y el telón de acero que separaba su país de los demás a mediados de siglo XX. Llegó el día en el que su redactora jefa le dio la buena nueva y un libro, Historia de Heródoto de Halicarnaso. Un gran volumen que impactó mucho al joven Kapuscinski y leyó con interés durante sus viajes, hasta el punto de convertir al griego en su compañero inseparable. Lo leyó y releyó, según cuenta, a veces con más pasión que con la que cubría los golpes de estado y conflictos del continente africano. En Viajes con Herodoto, Kapuscinski mezcla sus experiencias con las de Herodoto, creando dos historias paralelas de dos viajeros infatigables que quisieron conocer todo y, sobre todo, a todos.
Herodoto de Halicarnaso vivió entre 484 y 425 antes de Cristo y se le considera el primer historiador griego. Viajó todo lo que pudo, recopiló las historias que la gente le contaba, las comparó con otras versiones, dudó de su verosimilitud, añadió descripciones precisas de los distintos pueblos “bárbaros” (no griegos), relató las Guerras Médicas que enfrentaron a griegos y persas, se centró en las historias personales de reyes como Darío o Jerjes y, lo más importante, al llegar al ocaso de su vida decidió dedicar sus últimos años a evitar que el tiempo “abatiera el recuerdo” de todo lo que había visto y aprendido. Es por esto por lo que Kapuscinski lo corona como el primer gran reportero de la historia, porque se ve en él la misma actitud que debe tener un corresponsal al afrontar el descubrimiento de un mundo nuevo del que tiene que dar parte.
Kapuscinski transmite la emoción que sentía al leer las aventuras de Herodoto y reflexiona sobre la situación del mundo antiguo, casi más que la del moderno, el cual parece que le defrauda, visto que la historia se repite una y otra vez. Cuenta que cuando viajó a la India, sintió de veras la ignorancia de no saber nada sobre el país, ni cómo moverse por él. Gracias a la inspiración que le daba "su griego", al final advirtió que la mejor manera de conocer el país es a través de las personas y la documentación sobre el mismo. Tanto Heródoto, como Kapuscinski abren su mente a los pueblos a los que ingenua e injustamente alguien llamaría “bárbaros”, lo que en Viajes con Herodoto se denomina la otredad. La otredad en sí, como explica el corresponsal universal, es relativa, pues para los habitantes de Dar es Salaam, por ejemplo, la otredad es algo llamado Europa, del que no saben demasiado, salvo algunos rumores e historias. Conocer la otredad y entenderla es el objetivo de ambos y ambos estaban predispuestos, casi destinados, a intentarlo, ya que, como es obvio, es imposible abarcarlo todo, ni siquiera con Internet y vuelos low cost. Heródoto lo hizo a lomos de un caballo por todo el Mundo Antiguo, y Kapuscinski con los pocos recursos con los que dispone todo periodista que comienza.
Al final del libro Kapuscinski nos revela su parte más reflexiva, en la que admite que el hogar del corresponsal es el camino, que cuando llega apasionado a un lugar y sus gentes con el tiempo necesita marchar a conocer a otros, que cuando vuelve a su "casa" es para descansar y preparar otro viaje, que nunca podría elegir el país que más le ha gustado, ni adónde querría regresar otra vez. Antes de concluir os dejo con el encuentro de dos caminantes: Ryszard Kapuscinski y Ramón Lobo: "El sentido de la vida es cruzar fronteras".

lunes 26 de octubre de 2009

Vivir Nueva York

¿Qué se puede decir de Nueva York? Todo y nada. Todo porque lo merece. Nada porque se sabe, se supone, se imagina. Nueva York es la ciudad a la que todos miran, la gran metrópolis, la capital mundial de la modernidad global y el reflejo de unos pretendidos valores de libertad y multiculturalidad que aún perviven en la urbe. Visitarla es intuirla, no disfrutarla del todo. Vivir Nueva York es levantarse para trabajar y encontrar que algún artista ha colocado una camiseta gigante colgando de dos edificios o que un músico ha cargado su arpa hasta el metro para expresarse entre chirridos de frenos.
Nueva York es una ciudad para el arte y viceversa. Tanto el MET, como el MoMA son puertos indispensables en los que atracar, y como la propia ciudad, imposibles de abarcar y recrearse plenamente en ellos sólo por unas horas. Desde El baño de Sorolla hasta la Marilyn de Warhol, desde el arte egipcio hasta las flores de Van Gogh. Indispensables ambos.
La ciudad heterogénea se divide en barrios pobres y ricos, turísticos y residenciales, de tal nacionalidad o de tal otra y al final Manhattan sólo puede crecer para arriba. La supuesta belleza de Times Square radica en la gran afluencia de gente, luz y color, proporcionados por una ingente cantidad de anuncios publicitarios que cuelgan de todos los edificios. ¿Puede el capitalismo ser bello?
Por su parte, Central Park busca su belleza a la antigua usanza y la ciudad desde la Estatua de la Libertad parece una maqueta. En la isla Ellis, cerca de esta mujer desencadenada (más pequeña que en sus películas), se presenta ante el turista un interactivo museo de la inmigración, donde pude encontrar, por cierto, los supuestos antepasados míos que emigraron rondando 1920. Dicho museo presenta una visión muy positiva de la inmigración que vino a hacer de los Estados Unidos el país de las oportunidades para muchas familias. Lástima que hoy día ese sueño estadounidense descanse sólo en esa diminuta isla, por donde a principios de siglo XX se dejó entrar a más de 10 millones de personas. Hoy cruzas la frontera como un criminal, contestando preguntas absurdas y consintiendo miradas y actitudes de desprecio. Por cierto que en este museo de la inmigración había una instalación muy curiosa: buscabas un país y podías ver cuántos “compatriotas” hay actualmente en cada estado y en todo el país. Yo, evidentemente, lo hice, mi amiga surcoreana también, pero mi amiga francesa, después de haber buscado Francia, intentó encontrar el país del que procede su familia, Angola, y se encontró solamente con la opción “africanos” y “afro-americanos”. Nos indignamos y al poco descubrimos que en la lista sí estaba “Basque Country” (!).
Sin duda, visitar Nueva York es algo que por suerte empequeñece a las personas y las hace mirar con respeto (o no juzgar tanto) al otro. Es una ciudad que no se puede resumir en una entrada de blog, ni puede ser disfrutada en sólo cuatro días turísticos. Aún así, el mero hecho de intuirla ya vale la pena. It’s up to you, la ciudad te seguirá esperando despierta.

Manhattan


Little Italy

Naciones ¿Unidas?

Strewberry Fields Forever (Imagine), Central Park

El puente de Broocklyn

lunes 5 de octubre de 2009

La noche blanca de Toronto

Salimos a las 8:30 de la noche y regresamos a las 11 de la mañana. El sábado cambió las cervezas por los museos y el arte urbano. En Toronto la Nuit Blanche es un acontecimiento muy esperado (los cientos de patrocinadores que tiene dan fe de ello), la gente sale a caminar con su mapa del evento, aunque a veces la propia casualidad te conduce hasta algo inesperado que te llega más hondo que lo que leíste y te pareció interesante.
El arte contemporáneo es algo que siempre provoca discusión. Según la obra en cuestión a uno le parece una tomadura de pelo y a otro una reflexión interesante. ¿Un grupo de personas bailando arrítmicamente durante "sólo" doce horas es arte? ¿Los graffitis son artes? ¿Llenar el cielo de pompas de jabón? ¿Hacer muñecos con la basura en medio de las vías del tranvía? Todo es discutible, pero ahí radica la gracia de lo contemporáneo, en el debate y en la decisión interior si para ti eso es arte o no lo es.
Personalmente me fascinó una galería independiente en la que autores contemporáneos colgaban sus cuadros y fotografías, instalaciones (un iglú de televisores) y performances, mientras un dj pinchaba su música para que los espontáneos y los preparados bailaran breakdance en el segundo piso de la galería, envuelto por murales y graffitis impresionantes.
También me encantó el poder asistir a una de las actividades que siempre tengo pendientes en mi propia ciudad y me pesa el admitirlo: cine mudo con pianista en directo. Simplemente fabuloso. Reí como un niño chico con los orígenes del cine, en los que los personajes aparecían y desaparecían "por arte de magia".
Aquí os dejo con algunas fotos de la mágica noche en cuestión.

Lluvia de pompas de jabón

Uno de los murales de la galería independiente

El iglú de televisores

Arte en las alturas

La Noche Blanca de Toronto

viernes 2 de octubre de 2009

Everything ends


Proyecto de vídeo-remix.


video

jueves 1 de octubre de 2009

Cantar las noticias

Ruego que alguien en España haga algo parecido en pro de la calidad democrática de nuestro país, por favor.

sábado 26 de septiembre de 2009

Todos hacen Toronto

Antes de comenzar con la entrada -por cierto, la 100-, debo pedir disculpas por todo este tiempo en el que he dejado abandonado el blog. Ha sido un verano muy activo, muy político y muy instructivo para mí. Lamentablemente ya no veré la fiesta desde la mismísima pista de baile, pero la seguiré muy de cerca. También ha sido un verano de preparativos a la aventura que me ocupa ahora: vivir, disfrutar y aprender en la ciudad de Toronto.
Solemos pensar, y a mí es una de las cosas que más me gustan de nuestro país, que en España somos muy diferentes unos de otros y que con la inmigración cada vez hay más diferencias. Si tuviera que describir Toronto con una palabra ésta podría ser diversidad, miscelánea, cosmopolitismo, multiculturalidad… Paseando por sus calles es difícil cruzarte con dos personas de la misma procedencia. Según lo que he oído, más de un 50 por ciento de la población ha nacido fuera de Canadá. Este inmenso ratio de inmigración hace que en Toronto se hablen más de 100 idiomas (tranquils que el català fins i tot s’estudia a la universitat). Lo curioso, entrañable y a la vez previsible de tanta inmigración es que tiende a crear pequeños espacios de una cierta homogeneidad que dan riqueza a la ciudad y seguridad a los inmigrantes. Así, encontramos en Toronto una Pequeña Italia, una Pequeña Portugal, una Pequeña India, Pequeña Grecia, Chinatown… de modo que, al igual que nos ocurre cuando hacemos turismo, cada cual tiende a ir con los que comparten su cultura, lengua, tradiciones. Parece un efecto inevitable, y en principio uno podría pensar que es triste, puesto que en el mundo de hoy lo interesante es mezclarse, pero también lo es preservar nuestras diferencias más allá de las físicas.
Todos aportan y forman parte de Toronto. Hasta ahora he estado en Little Portugal (de fiesta) y en Chinatown, y sobre esta última puedo decir que es un cambio radical de una manzana a otra, cuando de repente hasta el Royal Bank of Canada pone sus siglas en chino. Las tiendas rotulan todo en chino, incluyendo todo un centro comercial lleno de pequeños comercios. Hay una gran variedad de restaurantes orientales y mercados de frutas y verduras a muy buen precio. Cuando se acaba el barrio y llega algún Tim Hurtons (la cafetería que está por doquier) la ciudad vuelve a mezclarse para deshacerse después en alguna otra nacionalidad. Maravilloso.
Sin embargo, también tiene sus cosas negativas, comenzando por el café de esta cafetería-nacional, pasando por el negocio que tienen montado con la sanidad –universal, sí, pero negocio-, y acabando por ser una ciudad sin barrio histórico (a mí es que me encantan), dado que fue construida a mediados de siglo XIX, y lo que es aún peor, pensada para coches. Por eso a la ciudad la atraviesan numerosísimas autopistas que van de punta a punta y en las que se montan atascos monumentales con la contaminación que ello conlleva. El transporte público, que es muy bueno en metros y algo peor en autobuses, cubre sólo con asiduidad lo importante de la ciudad, lo cual obliga a coger el coche si se vive en una de las muchas áreas residenciales. Aunque parezca increíble, Toronto sólo tiene dos líneas de metro principales, una hace una U, es decir de norte-sur-norte, y luego una de este a oeste. Tiene sus ventajas e inconvenientes, la ventaja es que es muy difícil perderse, porque todo es cuadriculado y se rige por los puntos cardinales.
Antes de concluir estas primeras impresiones, no puedo resistir comentar algunas similitudes con España. Aquí, como sabéis, la provincia de Québec, francófona y con debate independentista siempre en boga, tiene su partido (casualmente se llama Bloc, sí) que es llave en el parlamento. Los torontorianos se quejan de tener que escribir todos sus carteles y mensajes en inglés y francés, pero los de Québec sólo en francés y además controlan que sólo sea así. Asimismo, los canadienses de otras provincias reniegan de que el gobierno central canadiense, para acallar los requerimientos de los quebequenses, invierte mucho más dinero en la provincia de Québec que en el resto. ¿Os suena? En todos lados cuecen habas… menos aquí que yo sólo veo puestos de perritos y el susodicho Tim Hurtons.
Os dejo con algunas fotografías de la ciudad y sus alrededores. Espero comentarios (si es que alguien aún sigue este blog).

El centro de Toronto

Al cielo no le debe de picar nada

Chinatown

Las cataratas del Niágara de lejos

Las cataratas del Niágara muy de cerca

viernes 17 de julio de 2009

Niños en el autobús

"Lléveme a la feria"
Línea 1, dirección Estación de Autobuses. A las nueve de la mañana, calor de mediodía, iba yo en el asiento individual que hay justo detrás del conductor pasando por todas las emisoras, porque la entrevista a Esperanza Aguirre no me convencía del todo. Al llegar a la parada de Alameda con el final o principio de la Avenida del Puerto veo que sube un niño de apenas 12 años. Flacucho, cabeza grande, pelo moreno y muy corto, con gafas y escuchando su mp3 o 4. El niño le pregunta con educación al conductor si este autobús le lleva a la feria y no sé exactamente que le contesta éste, pero el niño señala con su brazo hacia las atracciones instaladas en el antiguo cauce. Supongo que el chófer le diría que sí, que pasábamos al lado de la feria, entonces el niño saca una cartera más grande que su mano, paga el billete y se sienta.
Una parada después, cuando el 1 da la estúpida vuelta que nos acerca a Cánovas para después cruzar de nuevo al otro lado por el puente de las flores, el niño, al ver que estamos tan tan cerca de la feria se acerca de nuevo al conductor y le pregunta si hay una aún más cercana. El adulto le recomienda bajarse en la siguiente y el niño sorprendentemente responde con un "gracias" sincero, o eso me pareció a mí. El autobús vuelve a su camino natural, la feria está justo a nuestra izquierda, el niño baja y desaparece.
Un niño solo coge el autobús para dos paradas porque quiere ir a la feria, la feria que, evidentemente, está parada. La noria, símbolo y faro de la diversión, está quieta, es un amasijo de hierros blancos y grises, sin color, sin gente, sin música. ¿A qué va el niño a la feria? ¿Por qué se levanta a las 8 de la mañana para coger un autobús que le evite unos metros? ¿Por qué no va alguien con él? Puestos a pensar, pensé que quizá el niño se había escapado de casa para unirse a los feriantes y ofrecer sus servicios desde primera hora de la mañana. Entre todas las posibilidades que pasaron por mi cabeza ésta fue la que más me gustó.

Malcriados
Línea 1, dirección Poblados Marítimos. A las tres del mediodía, calor del Sahara, iba yo en el asiento individual que hay justo detrás del conductor atento al informativo de las dos y media. A la altura de la Ciudad Calatravesca me percato, sin mirar, que unos niños pequeños (8 y 10 años quizá) están jugando sobre la plataforma que queda detrás de la máquina que tica el bonobús. "Qué ricos" pienso al oír sus risas, pero poco a poco las carcajadas se convierten en estridentes gritos. Como casi ni oigo la radio en mis cascos deseo que aparezca la voz autoritaria que les marque un piano piano, pero nada, ni una palabra. Los niños comienzan a gritarse a pleno pulmón palabras como "gilipollas", "cojones", "maricón" etc. Cuando eres pequeño da mucha risita adentrarte en lo salvaje del lenguaje, pero ya nos cuidábamos de hacerlo lejos de la autoridad. "Ahora sí que alguien les dirá algo", pensamos todo el autobús. Nada. Los críos resultan ser unos malcriados. Aguirre defendiendo a Camps y yo sin enterarme.
Me acordé del niño de la mañana, de lo educado que era y de que iba solo. Éstos seguro que están acompañados porque si no el conductor no les habría dejado pasar ¿y el padre? ¿y la madre?
De repente les da por meter una y mil veces un bonobús gastado con el consiguiente sonido molesto que se escucha cuando da error. "Ahora es cuando el conductor les dirá que dejen de jugar con eso", se me pasa por la cabeza, "porque este autobús es de todos y él es el responsable". Que va, ni una palabra, total, si lo rompen ya vendrán los técnicos a arreglarlo.
Me levanto y los veo entretenidos con su bonobús y sus voces ruidosas. A su lado, en los asientos reservados una madre bastante joven, está en silencio con un pie apoyado en el asiento de enfrente. Se la pela todo lo que hagan sus hijos, como al chófer. Pues muy bien, mujer y hombre, así serán el día de mañana. Qué pena. Lo que no he decidido aún es si a mí, como en parte perjudicado de su actitud, me correspondería decirles algo...